El drama de un pasado sin futuro

Esteban Hoyos Jaramillo.

Acostado sobre un costal bajo muros de casas de bahareque, o a veces en hogares prestados, amanece Fríjol todos los días con la esperanza de encontrar algo mejor para su vida, al menos una comida que le pueda dar el sustento del día, porque lo que se consiga mañana solo lo podrá saber cuando vuelva a amanecer. No tiene un lugar fijo dónde refugiarse cada vez que llueve, así que su techo es el cielo, y su quehacer pocas veces sobrepasa las fronteras que delimitan a Sierra Morena. Fríjol (como él ha decidido llamarse), sobrevive diariamente a una rutina hostil que acaba notoriamente con su vida a medida que avanza, con unos fieles amigos como el alcohol, el bazuco y otras sustancias psicoactivas e inmunodepresoras.
José Rubiel García García fue el nombre con el que sus padres decidieron traerlo a este mundo, y siendo apenas un niño a la edad de seis años, se lo llevaron cargado al hombro para vivir en Sierra Morena, el lugar que lo vio crecer, y es quizás el lugar que lo verá morir, porque treinta años después no ha encontrado razones para que su cuerpo salga de allá con vida.
Su infancia no estuvo rodeada de placeres y sus deseos no podían cumplirse porque los padres con contaban con el dinero suficiente para satisfacer las necesidades básicas. Sus ratos de diversión los encontraba en la calle con lo que su ingenio infantil le permitiera imaginar. “Yo distingo este barrio como mi planta de mi mano, con eso les digo todo 30 años viviendo por acá, loquiando con los otros niños jugando al escondidijo, que el coco botado, que la lleva”, dijo fríjol recordando con lagunas mentales su infancia, y con un problema respiratorio que la ha cobrado la vida por tanto consumo de drogas.
Cuando José Rubiel comenzó a crecer acompañado de su hermana unos años menor que él, comprendió que su familia no se encontraba en las mejores condiciones económicas y sociales. El esfuerzo tan enorme que hacía para ir al colegio despachado por su madre con un pan y agua de panela prontamente tuvo sus consecuencias, cuando en segundo grado decidió salirse y no estudiar más. Posteriormente, a la edad de diez años, en vista de que todo seguía igual sin entender por qué, comenzó a trabajar. “El cucho nos soltó una caja y como lustré a un cucho raro a la edad de nueve o diez años, el man se miraba y ahí mismo decía ¡Uy mirá! No necesito espejo, y le gustó la lustrada entonces claro eso motivó, y era tan porquería que llegaba un indigente con costal al negocio que él tenía por allá en el centro y los echaba”.
El primer golpe familiar comenzó a avecinarse cuando su padre entró en una crisis de salud. Los síntomas comenzaron a manifestarse por varias partes del cuerpo, especialmente los tobillos, las rodillas y los glúteos. Lo que se observaba era una especie de masa abultada llena de líquido que provocaba mucho sufrimiento por parte del padre. Al tiempo lograron determinar lo que tenía, sin que esto fuera alentador, porque la recuperación costada un dinero que no poseían. Se trataba de una hidropesía, una acumulación de líquido en algunos lugares del cuerpo como los anteriormente mencionados. Las causas de dicha enfermedad provienen de un mal funcionamiento en las funciones digestivas y eliminadoras de los riñones y la piel de la persona que la padece. Si la cantidad de líquido retenido es elevada se producen trastornos en el funcionamiento del corazón y de los pulmones, debido a la presión que actúa sobre estos órganos. Así el tiempo pasó y la vida le cobró factura con el fallecimiento cuatro meses después postrado en la cama sin movimiento, ni el más mínimo aliento de recuperación. Esta fue la razón principal sumada a la calidad de vida, que conllevaron a que fríjol, a la misma edad que murió su padre, 16 años, entrara al mundo de la droga.
Su vida se fue degradando cada vez más y el consumo era ya imparable, sin avizorar una pequeña luz de escapatoria. Su madre vendió la casa y a fríjol le cerraron todas las puertas, excepto su hermana, que consternada y afligida sufre todos los días el dolor por su hermano sin encontrar posibilidad de recuperación. Los años siguieron su rumbo y fríjol cada vez más demacrado y solo. Su única esperanza, una mujer de la que prefirió hablar poco y que le dio el único hijo que tiene y hace mucho no ve, lo abandonó cuando se enteró que estaba vendiendo todas sus pertenencias para pegarse a una bolsa, y tomar aguardiente sin parar.
Hoy, a sus 36 años, con más experiencia para las drogas que para otros oficios, está cansado del desventurado rumbo que tomó su vida, consciente de las decisiones que lo han llevado a soportar el presente. Se honra de decir que a diferencia de otros, su experiencia no estuvo tan contaminada de hurto y homicidio como la mayoría de las personas a su alrededor, y sus mejores noches las ha pasado bajo los efectos relajantes y a veces depresivos del alcohol, el pegante, la marihuana y el perico.
“Estoy desesperado sin qué camino coger sin qué hacer, estoy es agotado derrotado, descuartizado por este mundo que no me deja respirar. A mi sí me gustaría por ejemplo, más de uno dice eso va en fuerza de voluntad, va en fuerza de todo pero desgraciadamente uno muchas veces en 14 años de adicción el cuerpo ya está muy adicto a eso y el día que deje de consumir ese cuerpo como que se enferma y yo no sé”. Su aliento se reduce al recordar la miseria en la que se encuentra sin tener claro su futuro, y aunque quiere sacar ánimos para olvidarlo todo, sabe que le costará el esfuerzo que no ha hecho en la mitad de su vida.
Solo le queda una esperanza y es su hermana que a pesar de todo no lo desampara. Cuando se despide de nosotros y desea lo mejor de sí, crea la ilusión en que nosotros podamos sacarlo adelante y desintoxicarlo de esos años de locura. “Que me les vaya muy bien, feliz día, me alegra haberlos acompañado y estar un ratico con ustedes, mi dios me los proteja de todo mal y peligro”, se despide con humildad y cariño, y nosotros con el alma partida en pedazos nos alejamos deseándole lo bueno que nunca pudo haber tenido, pero también con la decepción de que, como él, hay muchas historias de vida en ese pedazo de ciudad que merecen ser escuchadas, y que pueden transitar por linderos más peligrosos y devastadores…

¿La vareta o el libro?

Mariana Moreno Castellanos

¿Cómo así que ustedes bajan acá y no van a fumar?, con esta pregunta nos recibe Camilo, quien se encuentra con un grupo de jóvenes, sentados como de costumbre afuera de una de las tiendas de Sierra Morena, sospechosos y dudosos de nuestra visita. Nos preguntan si somos gatos o venimos de la DEA ya que se extrañan de la situación poco usual. No entienden como un grupo de “riquillos” pueda bajar a la “olla”, como le dicen.
Teniendo un futuro incierto, cada persona en el barrio vive del día a día, sin esperar el mañana; con ambiente familiar, frío y desconcertante, niños que corren detrás de un balón disimulando la realidad con su dulzura y señores ya ancianos reflejando a través de sus ojos un desierto de dudas. El estado brilla por su ausencia, en cada camino que poco a poco vamos recorriendo.
Los niños y los jóvenes son la mayor preocupación del barrio ya que tienen un futuro en sus manos desolador. Es por esto que la principal problemática que se vive es la falta de educación, ya que los adolescentes prefieren vender por turnos las drogas y consumirlas pasando su vida entre las calles estrechas y vacías. Les parece lo más fácil y expedito de hacer, al final no implica ningún esfuerzo. La población de jóvenes provenientes de familias con bajos ingresos, se ven obligados a abandonar la escuela a una edad más temprana por lo que se les dificulta más conseguir un empleo. Poblaciones desestructuradas donde se ven más los problemas familiares y lazos sociales muy débiles. Se calcula que el 20% de los jóvenes entre los quince y treinta años de edad en Latinoamérica no hacen parte del sistema educativo ni del laboral, según las cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Las diversas expresiones de la desigualdad social, regional o de género incurren sobre el abandono escolar. Por pereza, falta de recursos o falta de motivación los niños dejan de asistir a las aulas. Si son adolescentes puede ser que el joven esté teniendo uno o varios puntos conflictivos que lo lleven a perder interés en el estudio, que tenga problemas con otros compañeros o deban responder por obligaciones en el hogar.
“A mí me echaron cuando estaba en quinto de primaria, no me gusta estudiar, eso no sirve para nada”, dice César, joven de doce años, expresando que a partir de ser expulsado del Instituto Universitario de Caldas por incurrir a las normas y políticas de la institución, no se interesó por volver al salón de clases, mostrando cierto desprecio por el estudio mientras se fuma una vareta. Como César existen muchos jóvenes que al ser expulsados de los colegios no les interesa volver ya que encuentran en su hogar una vida más fácil de llevar.
Mientras Jeison expresa su ánimo por recuperarse demostrando que cursa décimo grado en un Colegio del Barrio la Sultana. “A mi echaron del colegio, luego mi familia me llevó a un Instituto de reeducación para dejar el vicio, me escape pero volví al colegio, a mí me gusta estudiar”. Jeison estuvo internado en la Fundación Niños de Los andes que apoya a los jóvenes que como él andan disipados en las drogas o niños con vulneración de derechos. De allí se escapó por problemas con sus pares, volviendo otra vez a su hogar. La fortuna es que la voluntad es su principal arma para estudiar, es consciente que la única forma para salir adelante y ser una mejor persona es la educación.
Una sociedad equitativa en la que se cumplan objetivos como la cobertura, calidad, capacitación técnica y fortalecimiento de la educación pública y oferta educativa comunitaria, es una promesa que cada vez se ve menos reflejada en Colombia, se ven menos cupos disponibles para ingresar a las instituciones públicas, creando más colegios privados cuyo costo es inalcanzable para una persona de bajos recursos. El 47% de los manizaleños dicen que es muy desigual el acceso a la educación de calidad, en un reporte de Manizales cómo vamos de 2013.
La deserción en educación de los niños en Caldas hasta el año 2013 fue del 8,4%, en el 2015 el resultado fue de 3%. El secretario de educación de Manizales, Fabio Hernando Arias Orozco, refiere que la situación en la ciudad es buena ya que hay 47 000 estudiantes desde preescolar hasta once, vinculados a instituciones públicas. Lo importante de resaltar es que si los jóvenes tienen problemas en sus hogares desde la secretaria les darán apoyo pedagógico para lograr que estudien. “Hay una orden a los rectores de los colegios de recibir los niños, debemos buscar hacerlo avanzar, existen muchas posibilidades para que estén en las escuelas, con refrigerios, almuerzos, actividades lúdicas”, concluyó. A los de decimo y once se les otorga jornada con dos días de inglés y formación técnica para ayudarlos a cumplir sus metas. La educación inclusive en barrios vulnerados como Sierra Morena es su misión.
Sumidos entre la vareta nos encontramos con un grupo de cinco jóvenes que llevan sus lentes de sol para ocultar sus ojos perdidos, divagando entre sus respuestas. Les gusta la fiesta por esto tienen un lugar especial para esta cada viernes. “Cobramos la entrada pero menos a las mamacitas que vienen de otros barrios, ese el ligue del fin de semana”, dice Camilo.
En este barrio se camuflan muchos secretos, que ni los jóvenes se atreven a destapar por miedo a sus líderes. Se deben cumplir las reglas de no hablar, no robar y no armas pleitos entre los mismos del barrio para lograr una sana convivencia. Entre tanto, se vive en el barrio una realidad de la que todos son conscientes, se esconden de la policía y no esperan nada a cambio del resto de manizaleños. Viven en su periferia “tranquilos” hasta que se sepa de algunos sapos que quieran entrar.
En el barrio se ven diferentes drogas como la marihuana, cocaína y Popper. Según el estudio nacional de consumo de sustancias psicoactivas en el año 2013 por el observatorio de Drogas de Colombia la marihuana continúa siendo la droga ilícita de mayor consumo en el país. De hecho, el incremento en el grupo de drogas ilícitas se explica por el aumento en el uso de marihuana.
El Departamento de Caldas presenta mayor prevalencia de vida que el país en el consumo de alcohol, tabaco, marihuana, cocaína, basuco, estimulantes, heroína, éxtasis y en general de cualquier sustancia legal, ilegal o de uso indebido. En términos de edad, en el departamento de Caldas, se están iniciando consumos de sustancias legales de cigarrillo y alcohol, así como de la sustancia ilegal marihuana, a los 16 años, según el observatorio de drogas del eje cafetero. La marihuana resulta ser la droga más accesible, por ser fácil de adquirir por su precio, por esto los jóvenes la prefieren.
El deterioro de las relaciones sociales, bajo rendimiento en el estudio, consecuencias sociales y económicos son unas de las causas por las que incurren los jóvenes a la droga, para olvidarse de su realidad por algún momento.
“Los jóvenes inician en las drogas por explorar ya que sus pares lo hacen, por evadir las dificultades que tienen con los padres, algunos desean superar este problema pero a veces se hace más fuerte que su voluntad” dice la pedagoga de la Fundación niños de los andes, Diana María Castellanos.
Los niños dejan el colegio porque no todos tienen la convicción de querer estudiar y querer superarse, viendo el lado más fácil que son las drogas, el alcohol, los vicios, concluye diciendo. El 10% de los jóvenes se dejan ayudar de los psicólogos y psiquiatras separándose de pares negativos que les hace daño, controlando también los niveles de ansiedad con medicamentos psiquiátricos

Sierra morena, escuela sin diploma

Alejandro Osorio Salazar.

“Allá abajo en el hueco, en el boquete, nacen flores por ramillete. Casita de colores con la ventana abierta, vecina de la playa, puerta con puerta. Aquí yo tengo de todo, no hace falta na`, tengo la noche que me sirve de sábana.”
Ruben Blades.

En Sierra Morena se empieza a corroborar la idea de “La Universidad de la Calle, de la vida”. Aquí los pupitres son escalas de cemento con pincelazos de mierda de gallina, los tableros son paredes llenas de rotos y uno que otro rayón, los lapiceros son “cachos” de marihuana, no se tiene uniformes, cada quien viste como se le da la gana. Eso sí, usan la misma loción que es la mezcla de alcohol, vareta y cigarrillo. La primera infancia parece disfrutar de su escuela, de su vida.
Los niños de Sierra Morena no son el reflejo de su realidad, pues aunque sus padres consuman drogas frente a ellos, su alimento más asequible es un paquete de papas de cien pesos, y no pasaron por sala cuna, párvulos, caminadores, etcétera, siguen teniendo en su ser las travesuras e inocencia que los caracteriza. Un ejemplo de ello, son los improvisados partidos de fútbol donde cada uno cambia su identidad para poder soñar. “Yo voy a ser Ronaldo. Yo Messi, ¡Ja! Yo James…” Y así pasan por cada estrella de este deporte, queriendo brillar como ellos.
En el barrio hay un conglomerado de niños muy grande. Las 407 escalas que hay en el lugar se pueden observar llenas de ellos un fin de semana o día festivo; juegan, se limpian los mocos con la mano, corren, se ríen, y algunos fuman marihuana, quienes de hecho son los más introvertidos de todos. Aunque hay niños de todas las edades, estos últimos resultan ser los de nueve, diez y once años.
Según el Secretario de Educación Municipal, Fabio Hernando Arias Orozco, en Manizales hay veinte mil niños en preescolar y primaria, de los cuales los de Sierra Morena ocupan en su mayoría los colegios aledaños al barrio: Liceo Isabel la Católica, Instituto Universitario, Instituto Manizales y el Instituto Tecnológico de Caldas. Sin embargo, a pesar de la cifra no deja de existir un alto grado de deserción escolar. “Cuando el niño empieza a consumir drogas y ve además la necesidad de tener plata, es cuando se salen de estudiar para dedicarse a otras cosas, entonces la educación para ellos pasa a segundo plano, pues su realidad ya los obliga a tener otras prioridades”, asegura Laura Montoya, Trabajadora Social.
Para combatir esta problemática, la Secretaría de Educación ha implementado proyectos como el de “Jornada Continua”, que en el momento se desarrolla en colegios como Isabel la Católica, esta jornada incluye no solo más horas de estudio que le permiten al niño no estar tanto en la calle, sino que además les dan almuerzos y refrigerios, algo que vale la pena rescatar porque estudiar con hambre también trae dificultades cognitivas. Pero no solo existe estas jornadas, hay también estrategias que van ligadas a los trabajos extra-clase. Con estos trabajos se piensa también en ocupar el tiempo libre de los niños en actividades artísticas, deportivas y académicas como el aprendizaje de otro idioma.
Una de las justificaciones del porqué los niños se han quedado sin estudiar es que debido a su bajo rendimiento académico y disciplinario, ya no los reciben en algún colegio, a lo que el Secretario responde que “en la reunión de rectores, se les da expresa orden de que si no atienden los niños, se les dará los cupos desde la Secretaría y deben recibirlos, no se puede estigmatizar al niño porque sacó malas notas, por el contrario son ellos los que más se deben tener dentro del sistema escolar y buscar estrategias para que su desempeño mejore”.
Como no se tiene ninguna referencia o clasificación por barrio, los casos particulares quedan en archivo. “Sofía y yo nos vamos caminando o en bicicleta todos los días hasta el colegio Fe y Alegría del Caribe. Nos demoramos por ahí 40 minutos en llegar. A veces cuando llueve nos emparamamos, pero, cómo no llevo a mi hija a estudiar.” Menciona Mary Luz, madre drogadicta de una niña de cuatro años. Testimonios como este se puede recoger en cada familia que tiene menores. Las dificultades económicas obligan a las personas a ser recursivas buscando la forma de darles educación a sus hijos.
El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, seccional Caldas, dice no tener ninguna responsabilidad en la educación de los niños, pues simplemente son los encargados de atender las problemáticas que rodean el entorno familiar. Los casos relacionados con problemas de educación, los remite directamente a la Secretaría de Educación.
A esto se le suma la falta de vocación de los maestros, quienes no se muestran comprometidos con el trasfondo que tiene la educación en la familia. Aleyda Quintero, Candidata a Doctora en Política Educativa ente el Relevo Milenar de la Universidad de Salamanca, dice que ahora como cualquier profesional puede ser docente, se ha perdido la pedagogía que trae consigo vocación, o sea un compromiso para el mejoramiento de las diferentes problemáticas que tienen los niños. Se debe entrar en el conocimiento del ser.
En Caldas se prueba más alcohol y más tabaco que en otros departamentos del país y es en donde se inicia el consumo de sustancias legales e ilegales a más temprana edad, según el Observatorio de Drogas del Eje Cafetero. Sin embargo, el promedio de edad de inicio con marihuana, bazuco, éxtasis, cocaína, estimulantes y tranquilizantes es más bajo que en el resto del país.

Sierra Morena no deja de ser el lugar que guarda las risas de los niños sin discriminación. Aquí se lucha con gritos, droga, armas y muchos otros, pero se lucha. Se aprende con pobreza y miseria, pero se aprende. Se vive con rencores y pasados, pero se vive.

“Yo tengo actitud desde los cinco años, mi mae` me la creó con tapaboca y regaño, desde chiquito canito y con el pelo castaño, soy la oveja negra de to` el rebaño, y fui creciendo poquito a poco, brincando de techo en techo, tumbando coco y aunque casi me mato y casi me cococo nunca me vieron llorando ni botando moco”. La Perla, Ruben Blades, Calle 13.

Sí, era Morena. Casi negra.

Por Camila Palacio Arce.

-Señor, ¿usted sabe cómo se llama ese barrio de allá?, preguntó uno de nosotros al vigilante del centro comercial cercano.
-Se llama Sierra Morena, a eso le dicen Aladino, porque usted entra allá con ropa pero sale sin ella.
Nosotros con risa nerviosa le dimos las gracias y comenzamos a bajar, con miedo y ansiedad de lo que pudiéramos encontrarnos, y de cómo fueran a recibirnos. Pero íbamos convencidos de que queríamos correr el riesgo de hacer algo grande.
Empezamos a bajar las primeras escaleras (detrás del centro comercial), estábamos confiados, pues al lado iba un celador con un perro muy grande. Saludamos a una señora que estaba en un balcón, ella nos miró con cara reacia pero nos contestó a las preguntas que le hicimos. – Buenas señora ¿cómo está? Estamos buscando a alguien que pueda ayudarnos a conocer este barrio. Ella nos contestó que no sabía, que ellos no eran de allá. Así que le dimos las gracias y seguimos bajando.
Cuatro escaleras más abajo nos encontramos a tres hombres, ligeramente alicorados, los saludamos y lo único que recibimos fue un: “a mí no me gusta que me evangelicen, pero dígame ¿usted me va a hablar de Dios?”, de uno de ellos; a lo que respondimos negativamente, “nosotros venimos a conocerlos y a hablar con ustedes”. El hombre que ya iba cinco o seis escaleras más arriba se devolvió, nos miró muy cerca y fijamente a los ojos, nos dijo muy despacio “sentemos pues”. Tenía un aliento a alcohol vivo, sin embargo nosotros nos limitamos a escucharlo.
-“Es que ustedes creen que por yo vivir en la calle, no soy un hombre ilustrado, pregúntemen, pregúntemen hasta que año hice yo”, a lo que nosotros obedientemente preguntábamos, “hasta que año…”.
– “Por eso por eso vea no más –nos interrumpió- yo si se de todo eso, de la ilustración de las matemáticas, vea yo hice un ténico, una tenología y un diplomado”; le preguntamos que por qué no trabajaba.
– “Porque acá la gente es muy perjuiciosa y no me van a contratar así –muestra su dentadura, a la que le hace falta más de ocho dientes – así no me dan trabajo”, nos contestó.
El hombre se pone de pie acelerado y se le cae una pipa hecha con cintas y palos. Uno de nosotros la recoge y le pregunta que si él la hizo, a lo que respira fuerte, se acerca y le dice “dígame qué quiere que le traiga y cuánto, pero dígame rápido que me tengo que ir, además me tiene que dar la plata porque yo no tengo nada”. Nosotros quedamos sorprendidos y dijimos que no queríamos nada, a lo que él contestó “entonces por qué viene por aquí y por qué tanto interés, la próxima vez viene esta reina sola que por acá le damos familia”. Yo me estremezco y le digo “no yo siempre voy a venir con ellos, él es mi novio se lo presento –le digo señalando a uno de mis compañeros-“, el hombre lo mira se devuelve y le dice “tenemos gustos parecidos” y vuelve a subir las escaleras con dificultad.
Nosotros seguimos nuestra búsqueda, decidimos ir a la iglesia del barrio y preguntar por los que mandan allí. “Pues yo que le digo acá hay uno que se llama pepito, otro fulanito y otro peranito, siga bajando a ver si alguien le dice algo”. Eso hicimos, bajamos la primera parte de aproximadamente cuarenta escaleras saludando a todo el mundo, pero con la adrenalina a flor de piel. Preguntamos por alguno de estos tres personajes pero las respuestas eran las mismas “no es que yo no soy de acá, siga bajando, yo no sé”. Después de preguntarle a la sexta o séptima persona, me atrevo a decir “eh, pero curiosamente nadie es de acá pues, y nadie los conoce”, y un joven me dice en voz baja “es que acá uno no se puede poner a abrir la boca, acá hay que tener cuidado con esa vuelta por eso nadie le dice nada, es mejor que siga bajando”.
A medida que íbamos bajando, las gallinas y los perros se iban multiplicando, todo aquel que pasaba nos miraba fijamente, hasta los piscos estaban vigilándonos. Las escaleras se hacían eternas y las calles se convertían en pasarelas, al doblar la curva encontramos lo que estábamos buscando, pero con el recibimiento menos esperado, “Qué busca y cuánto quiere”, todos nos quedamos callados y parados inmóviles, después de un minutos le dije “nosotros no venimos a comprar nada, solo venimos a hablar con ustedes”, F (como le llamaremos) me dijo “ah vea hable con ellos”. Los miramos, dudamos pero bajamos. Todos nos miraron y esperaron a que alguno dijera algo, tomamos aire y dijimos, “hola, nosotros somos estudiantes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales y queremos trabajar con ustedes en un proyecto de investigación que estamos haciendo”. Les contamos en qué consistía y les pusimos las cartas sobre la mesa, “nosotros no bajamos con policías porque queremos que ustedes confíen en nosotros. Lo único que les pedimos es confianza y sinceridad y lo que nosotros les prometemos es que no revelaremos ni nombres ni caras de ustedes”. “Ah, eso sí, no nos metan en cuentos raros que usted sabe que no nos pueden comprometer”. Al principio, estaban tomándoselo todo con poca seriedad, todos se reían y cada que alguno decía el nombre todos se reían –pensamos que podría ser por los efectos de la droga, pues varios de ellos estaban consumiendo- pero eso no fue impedimento para que renunciáramos a ganarnos su confianza y a que nos conocieran un poco más.
“Pero no, es que ustedes son de la fiscalía y vienen es a sacarnos información”, nosotros solo nos reímos y les dijimos que confiaran en nuestra voluntad. Mientras nos preguntaban sobre nuestras vidas iban arman su porro, -nosotros no nos sentimos incómodos-. “Ustedes hablen con N haber él que les dice”. N apareció de debajo de unas escaleras, él es un hombre grande y adulto, nos dijo: “Quiénes es que son ustedes”. Uno de los muchachos que nos acompañaba fue a saludarlo y le dijo “ellos son de la Universidad de Manizales, ellos vienen a hacer un proyecto de investigación”. “y de qué” contesta bruscamente, yo lo saludo y le comienzo a hablar desde donde estoy –a unos 3 metros aproximadamente- y me dice “venga hasta acá”, todos nos asustamos pero nos acercamos, le damos la mano y comenzamos a contarle. “Yo no le veo ningún problema con tal de que no vayan a sacar cosas que nos comprometan”. Se despide y se va.
Pasada una hora, ya estábamos como en familia, contaban chistes y se molestaban unos con otros. Les preguntamos que cuando podíamos bajar más, ellos se pusieron serios y nos dijeron “es que por allá es otro cuento”, uno de nosotros les preguntó si existían fronteras invisibles y nos contestaron que no, que allá todos vivían muy bien –además se notaba que así era-. Sin embargo, insistimos en bajar y nos dijeron que bueno, pero que debíamos hacerlo con alguno de ellos, así que claramente aceptamos. Hasta ahora solo habíamos visto casas de madera, algunas con cemento y otras de bareque. Lo que más nos sorprendió era la cantidad de animales que habían alrededor y que entre ellos ya habían aprendido a convivir.
Seguidamente, los niños comenzaron a salir de los colegios y al bajar nos saludaban con una gran sonrisa. “Ojalá que aquellos niños que apenas comienzan su vida académica no la pierdan como muchos de los muchachos con los que ahora estamos”, pensé. Finalmente, les dijimos que volveríamos el viernes para conocerlos a todos.
Comenzamos a subir nuevamente, contentos de haber cumplido la misión, casi llegando al centro comercial, un señor que iba delante de nosotros –pero que no nos habíamos percatado que estaba subiendo con nosotros desde abajo- se giró y nos dijo “la próxima vez que vuelvan, asegúrense de que el que los está respaldando allá abajo suba con ustedes”, le dije “ah, usted vive allá”, él nos miró muy seriamente y dijo “yo en este momento vivo en la calle, pero yo ya les dije, ya les advertí”, así que le dimos las gracias y seguimos.
Al viernes siguiente decidimos bajar en horas de la tarde. Pactamos la cita en el mismo lugar y a las tres de la tarde comenzamos a bajar. Cuando llegamos nos alegró mucho encontrar a tantas personas reunidas en el mismo lugar que nos recibieron días anteriores. Los saludamos efusivamente y ellos igual. Nos presentaron al perro y al gato, al pollo y al gallo, y nos sentamos a hablar con ellos –esta tarde si nos dividimos para conversar-. Uno de nosotros se sentó a hablar con Carlo (como le llamaremos), y le contó sobre su vida y sobre la preocupación que tenía al ver que los muchachos del barrio no quisieran estudiar. Después habló con Chalo y le contó que tenía tres hijos y que por eso él vivía solo allí, que uno de ellos ya trabajaba (y era administrador de empresas), otro de ellos seguía estudiando y el otro estaba en Brasil haciendo una especialización. Otro de nosotros se sentó en la tienda y escuchó la historia de una mujer que no quería vivir allí, porque no quería que su hija creciera viendo todo esto –sin embargo, ella se comportaba igual a todos-. Un hombre ya de edad, se acercó y nos dijo, “niña vea yo llevo en la drogadicción trece años, y a mi este cuento ya no me gusta, yo necesito que ustedes me ayuden a salir de esto. Es que uno se cansa niña, uno se cansa de verdad, el cuerpo como que ya no da más”, esto nos conmovió de verdad, por lo cual le prometimos que íbamos a buscar ayuda de expertos que pudieran hacerse cargo de él. Pero además le dijimos “Frijol, tiene que tener fuerza de voluntad y pedirle a Dios también que lo ayude”. Él asintió, sonrió y se fue.
Uno de los quince o veinte jóvenes que nos acompañaba por primera vez nos contó un montón de historias sobre su vida y lo que le había pasado, “imagínese que yo quería ser militar y entonces yo me presenté y fui y eso le hace a uno quitarse toda la ropa y hacerse en una fila y chan y entonces yo fui pero yo tenía mucho miedo de que no me aceptaran” -sus amigos lo interrumpían y se burlaban de él- “entonces cuando esa señora me vio me dijo ahí mismo que no que porque yo era un vicioso y pues claro tiene razón, pero lo que yo había pensado era entrar allá para dejar tanta cosa”, nosotros le preguntamos qué decisión había tomado, él nos contó que si había estudiado pero que seguía en las mismas.
Había otros dos jóvenes sentados aparte, así que me acerqué y les pregunté que cómo se llamaban y la respuesta fue “¿por qué no hace preguntas más inteligentes? Pregunte lo que quiere saber y ya, aquí hay muchos en desacuerdo con esto, entonces pregunten lo que quieren saber y váyanse”, la mujer que lo acompañaba se fue y llegó corriendo pasados tres minutos “listo ya me puedo dar los pases” –yo estaba a quince centímetros de ellos aproximadamente- El hombre saca una navaja de 20 centímetros y yo me quedo fría, saca un polvo blanco, lo pone en la navaja y lo aspira, una vez por cada fosa nasal, me pide permiso, guarda la navaja y se va.
Un niño de quince años estaba girando y girando un objeto, uno de nosotros le pregunta y él abre la coquita, era una trilladora de marihuana, todos nos miramos y uno le pregunta “y cómo tiene que quedar”, él contesta que ya está casi lista. Nos reímos y no decimos nada más. Era verdaderamente ameno estar con ellos hablando, sin embargo no dejábamos de pensar en la forma en la que la falta de educación y de iniciativa podría estar acabando con ellos.
Cuando nos íbamos a ir nos dijeron que para encontrarlos a todos, teníamos que bajar más tarde y bajar con media de aguardiente, nosotros nos reímos y les dijimos que volveríamos pronto. Subimos diez escalones y estaba Carlos, le contamos lo que habíamos hablado y lo que nos habían dicho, le dijimos además que estábamos preocupados de que no todos nos aceptaran y de que no les gustara la idea de que compartiéramos con ellos. “Ustedes no se preocupen muchachos que acá ustedes ya están respaldados, nosotros nos encargamos de que nada les pase”, eso nos dio tranquilidad y Carlos continúo hablándonos “muchachos también aconsejen a estos jóvenes, vean que ellos creen que esa es la vida y eso no es así, se los digo yo que me ha tocado ver cosas malas. Que me ha tocado ver cómo los paracos matan a mis amigos en la cara, y que he trabajado desde los ocho años, usted sabe eso cómo es, pero aconséjelos”, “está bien Carlos, vamos a pensar en eso”, le dijimos y nos despedimos.
Pasaron dos o tres semana antes de volver. Esta vez la cita era a las diez de la mañana. Era un día frio y estábamos pesimistas de poder encontrar a alguien. En la entrada del barrio estaban haciendo un gran arreglo, preguntamos qué era y nos dijeron que la cancha de San José la pasarían para allí pues el macro-proyecto utilizaría ese espacio. Se nos fue inconcebible pensar cómo en ese espacio iban a hacer una cancha pero no preguntamos más y seguimos. Cuando llegamos al punto de siempre solo estaban seis hombres, Carlos era uno de ellos, cuatro jugaban parqués y el resto veía.
No estaban muy atentos, así que les preguntamos que si nos habían extrañado. Una anciana, con actitud de niña, sonrió y nos dijo que mucho. Justo en ese momento bajó Frijol y le contamos lo que habíamos averiguado sobre su rehabilitación, él nos hizo bajar mucho más de lo donde siempre estábamos, (nos sorprendió porque nadie puso problema pero estábamos entusiasmados) y lo escuchamos “es que vea niña, perdone que le hable así, pero es que estuve tomando hasta las siete de la mañana, vea es que yo tengo la fuerza de voluntad pero cuando yo no consumo nada el cuerpo como que se siente enfermo ¿si me entiende? Es que el cuerpo ya necesita todo eso y yo no quiero eso más”, nos aseguró que la plata no era problema que él hablaría con su hermana y que ella lo apoyaría, nos contó también sobre su vida y sobre cómo lo había perdido todo por el vicio, y sorprendentemente nos invitó a conocer el lugar.
Bajamos tantas escaleras que parecíamos bajando al mismo infierno, parecían interminables, unas eran muy grandes y otras muy pequeñas, empinadas y otras no tanto. Había casas a los costados y como mínimo un perro en cada una, que cumplían bien su labor de cuidar de su hogar. Mientras bajábamos Frijol nos contaba que nos iba a llevar a un río donde una vez casi se ahoga y que no se ahogó de puro milagro. Que otros si se ahogaron y los encontraron en el rio Chinchiná. Nos contó que en Semana Santa tres hombre bajaban descalzos y con una cruz muy grande y subían todas esas escaleras como modo de penitencia, “ahora les muestro desde dónde empiezan” (nosotros ya estábamos pagando años de purgatoria bajando tal cantidad). Casi todas las puertas tenían un sticker grande que decía “no al maroproyecto”, y curiosamente en una de las paredes de una casa había unos números, como de una clase de matemáticas y seguido decía “mañana no tendremos clase”, eso nos llamó mucho la atención. “Por aquí hay un perro que no me quiere entonces suban ustedes primero y yo cojo un palo”, efectivamente el perro no lo quería nada y nos pareció curioso. Todas las personas que nos encontrábamos nos trataban como a la familia, nos preguntaban como estábamos y que estábamos haciendo y a ninguno le disgustaba en lo absoluto, “ustedes más verracos que bajan todas estas escaleras”. Bajar no era nada a comparación de la subida que nos esperaba. Por una calle bajamos y por otra subimos y comenzamos a contar, 1, 2, 3…. 76….89…111…..161… “me perdí ¿en qué ibas?”… 162….” Llegamos a un plan, hasta ahí 162 escaleras. Saludamos aún niño que estaba sentado en una sofá, “hola amigo, cómo te llamas tú?”, él nos saludó nos contó que no estudiaba que apenas iba a entrar al colegio, que iba a tener un hermanito, pero que todavía estaba en la barriga de la mama, que no quería que naciera todavía porque todavía no se podía, que tenía unos primos que sí estudiaban pero por la tarde, que él ya quería crecer y que iba a jugar mucho con su hermanita, que además sabía cantar y le gustaba mucho ver televisión. Nos cantó nos hizo reír y nos despedimos.
Subimos 15 escaleras más y nos despedimos de todos, frijol nos gritó “quedo pendiente entonces muchachos, avísenme la próxima vez para recibirlos más decentemente”, le dimos las gracias por acompañarnos. “Carlos ya nos vamos, muchas gracias por todo, nos vemos entonces”, Carlos sin despegar la ojos del tablero nos dijo “vuelvan pues pronto, pero vengan por la tarde pa’ que los encuentren a todos”.
Dos de nosotros se quedaron hablando con otros niños que bajaban del colegio y otros dos nos fuimos a ver una maquinita de casino que había. Jugamos tres veces y no nos ganamos ni un dulce. Mientras jugábamos llego un hombre, estiró una botella de agua y el tendero abrió una botella de alcohol le echó un cuarto y la terminó de llenar con agua. “¿Eso qué es?” pregunté, “pues alcohol”, me dijo, “¿y eso no los deja ciegos?”, “demás que sí pero a ellos les gusta, es algo que los emborracha”, nos quedamos callados unos segundos y nos despedimos.
Este es el lugar, que nos recibió de la mejor manera, que tiene una realidad difícil pero que viven felices. En donde las lágrimas no tienen espacio. Las bolsas con solución, las botellas con alcohol vivo y los cachitos de marihuana son tan normales como un vaso de agua. Este lugar nos quitó todo tipo de prejuicios y miedos, porque a pesar que ese sea su mundo, pueden llegar a ser mejores personas que cualquier otra con mejor educación. Este es el lugar en donde cada dos minutos se acerca alguien entre todas las edades a comprar bolsitas blancas por mil pesos (no podríamos decir con exactitud qué es), esas bolsitas blancas que son su trabajo, y que lo comparten para poder tener siempre la convivencia excelente que se siente. Acá no importa la edad, la condición, el color de piel, la educación, acá todos son o más bien somos iguales

“Las periferias son lugares invisibles para la sociedad”.

Sierra Morena es un barrio ubicado en el centro occidente de la ciudad que vive un drama como si fuera de película, se trata de una burbuja social en la que la humildad permea todas las esquinas de las estrechas casas, y entre muros y animales, se expende más de cinco tipos de droga a cualquier persona que se acerque a comprar.
No robar, no hablar, y no provocar pleitos entre los coterráneos del barrio, son las reglas principales que la gente debe aceptar antes de vivir en este olvidado lugar. Y la complicidad y protección son los quehaceres diarios de quienes están involucrados en este negocio.
Carlos (a quien, como se había dicho, se le ocultó su verdadera identidad) carga en su torso de lunes a viernes una mochila que parece ser inofensiva, pero que en su interior guarda una fortuna ilícita. Se trata de pequeñas bolsas de variedades de marihuana, perico, y otras drogas químicas como el Popper y pastas. Y más abajo, apretado por un cinturón o las tallas pequeñas de los pantalones, se encuentra un arma asegurada hacia la piel, cuya marca no se referencia.
Al lado de Carlos conviven diariamente las personas en el sector más concurrido, un pequeño andén limitado por un terreno de pasto y en frente una hilera de casas que se desprende hacia la quebrada que baja por la Avenida del Río. En este lugar transcurren niños con uniformes de colegio, hasta personas entradas en edad durante todo el día, y la mayoría de ellos, con un cigarrillo de marihuana entre sus dedos.
-¿Socio qué quiere y cuánto quiere?- Son las particulares preguntas que hablan los líderes de turno, cuando observan que personas foráneas se acercan temerosas y observadoras en busca de algo, y aunque nuestra razón para bajar 101 escaleras al sector de mayor convergencia no fue la compra de estupefacientes, la respuesta inmediata fue el rechazo y desconfianza hacia cuatro estudiantes que tenían más cara de infiltrados que periodistas en formación con una misión sensata.
Dicha misión consistía en decantar el estigma que se tenía o que se había sembrado sobre el barrio: “hay drogas, sicarios, gambas, y más drogas”, son algunos de los comentarios que se habían escuchado antes de ingresar a él. Efectivamente, el primer acercamiento mostraba una realidad continua que retrataba un círculo vicioso en el que la drogadicción es la construcción del diario vivir. Pero el buen vivir y amabilidad de todos era lo que más sobre salía de aquel lugar.
Niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos, absolutamente todos son la conformación de un conglomerado de historias, en las que la falta de educación es un punto clave para esta clase de realidades.
La falta de educación es la principal problemática ya que los niños y jóvenes viven en una población desestructurada, donde se ven más los problemas familiares y lazos sociales muy débiles. Los adolescentes después de ser expulsados de sus colegios, no les interesa volver a las aulas, refugiándose en las labores del hogar, ayudando con la economía de su casa y logrando hacer lo más fácil.
Expresiones de desigualdad social incurren en el abandono escolar. Por falta de motivación en los hogares, por pereza, por falta de recursos dejan de asistir al salón de clase, al ser adolescentes se pasa por muchas etapas conflictivas en las que el joven pierde interés en el estudio y creen saber qué decisión es la más correcta tomar. El deterioro de las relaciones sociales, consecuencias económicas y el bajo rendimiento en el estudio por el desinterés, la falta de tiempo o pereza son unas de las causas por las que estos niños incurren en la droga, para dejar de lado la realidad que deben vivir.
Claramente la educación no está siendo equitativa ya que no se cumplen objetivos como la cobertura, calidad, capacitación técnica y fortalecimiento de la educación pública y oferta educativa comunitaria. Se ve claramente la falta del Estado en el barrio ya que aunque haya estrategias, los niños siguen desinteresados por la educación y prefieren vivir sumidos en la vareta, en la venta de drogas, en el negocio fácil.
En Caldas se prueba más alcohol y más tabaco que en otros departamentos del país y es en donde se inicia el consumo de sustancias legales e ilegales a más temprana edad, según el Observatorio de Drogas del Eje Cafetero. Sin embargo, el promedio de edad de inicio con marihuana, bazuco, éxtasis, cocaína, estimulantes y tranquilizantes es más bajo que en el resto del país.
El 4,4% de los escolares entre once y doce años declararon haber usado alguna sustancia psicoactiva, cifra que llega a 20,1% en los estudiantes de dieciséis a dieciocho años.
La anterior cifra mostrada es producto de un resultado publicado en La Patria en el año 2011, no obstante, la burbuja social en la que se ha convertido Sierra Morena, tan cercano al centro de la ciudad, pero a la vez alejado por sus acciones ilícitas, han demostrado que las cifras han tenido un vertiginoso ascenso, considerando a través de la observación que 3 de cada 5 personas, sin importar la edad y género, consumen algún tipo de droga en esta pequeña parte de la ciudad.

Se trata sin duda de una problemática social que se contrasta con una vida calmada y alejada de la desnutrición, donde el futuro es el día que se vive y no las semanas que vienen, y lo que importa es “la familia, la compañía, la droga y el billete”, como lo dice uno de los habitantes.
Pero la situación no se concentra solo en lo que sucede allá abajo, donde las paredes no tienen oídos y todo lo que pasa no tiene la fuerza suficiente para salir de las escaleras que la separa de la Avenida Colón. El asunto se agrava con el avance que ha tenido el Macro Proyecto San José, el cual ha propiciado más miseria que esperanza, según los informes periodísticos realizados por La Patria.
Hacia el 2008, la Alcaldía Municipal encabezada por Juan Manuel Llano se propuso llevar a cabo un proyecto que en ese entonces iba a ser el más grande y ambicioso del país, se trataría del Macroproyecto de la Comuna San José, integrado por 14 barrios, todos con condiciones de pobreza. El proyecto nació con el Plan de Renovación Urbana, la cual pretendía aumentar la calidad de vida de los habitantes del sector. La propuesta inicial fue construir cuatro mil quinientas viviendas, la Avenida Colón, que atraviesa este sector, el Parque Temático Olivares con veintitrés hectáreas de interés ambiental y un megacolegio con capacidad de dos mil ochocientos estudiantes. Aunque este último se replanteó con las mejoras del Instituto Manizales, al día de hoy es fácil darse cuenta que el proyecto quedó estancado, y como lo señala El Tiempo en una publicación del 2014, lo único que logró fue una avenida, una que otra casa destruida, calles que no van a ningún lado, ý las esperanzas de muchas familias que perdieron su aliento por mejorar sus condiciones de vida.
Esta situación ha impactado negativamente Sierra Morena, que es incluso el primer barrio de este sector. Familias se han visto en la necesidad de desplazarse a otros espacios como este, construir casas al pie de voladeros y ríos, y actualmente se está construyendo una cancha de fútbol al pie de la iglesia, en un pequeño espacio a la entrada del barrio. A pesar de todo, esta gran familia no pierde su energía, su amor y su sentido de pertenencia por su hogar. Acá todos trabajan y viven felices para hacer de esta gran casa el mejor lugar para su diario vivir.